Decidí darle cabida a mis
palabras y construir una casa para ellas, como un homenaje a esos silencios que
quisieron ser voz, a esos sueños que se quedaron sin cumplir, a los que en efecto se cumplieron, a los que
están por venir, y a los que se convirtieron en poesía. A esos amores que ya partieron, a los que
dijeron adiós, a los que nunca supieron que hasta poemas inspiraron. Hago
esto como una bienvenida a esos
sentimientos que están naciendo y a esos que están por nacer, a los que para
siempre enterré. Es un agradecimiento a la fe pérdida, a la palabra no dicha, a esas miradas
escondidas. Es un homenaje al sonido del mar. Una elegía a quienes partieron,
un bolero para quien quiera escucharlo, un lugar secreto de mi corazón. Este es
el resultado de la suma de mis soledades y del exceso de buenas compañías.
Tengo a todo el mundo de frente y
a veces quiero darle la espalda, para terminar escondida en estas palabras. Es
mi manera de decir te quiero, de gritar justicia, de odiar, de amar, de darle
vida a mis demonios, a mis amores, a la mujer de labios rojos profundos que vive
en la nostalgia de los libros olvidados, de los tangos que jamás aprendió a
bailar. Este lugar es mi manera de volar
sin miedo, de olvidar, de recordar, es la paz, es el dolor, es el adiós. Esta
edificación está hecha de canciones, de libros,
de los mejores y los peores recuerdos, de la fuerza de los años que ya se
fueron, de los que anhelo, del buen vino, los bambucos y los boleros.